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Julia de Miguel_ Lo que mas rechazo de mi

Siempre he pensado que la mayor revolución que podemos hacer los hombres y mujeres es la de re-conectar con nuestro poder personal. Un poder que nada tiene que ver con el autoritarismo, la fuerza externa, el colocarnos por encima de nadie…sino que es un poder interno que está conectado a  nuestra auto referencia, coherencia y autenticidad. Este poder personal no depende de nadie externo, ni de nada. Para conectar con esa fuente de inmensidad que somos, no hay nada que tengamos que hacer, ni aprender. Más bien, se trata de desaprender todo aquello que aprendimos y que tenía como base, el miedo. Aprendimos a defendernos, a protegernos, a competir, a negar lo que somos por miedo al vacío…Y eso fue perfecto, nos mantuvo vivos, nos permitió sobrevivir hace muchos, muchos años…Hemos llegado hasta nuestros días haciendo lo mismo que hacíamos hace miles y miles de años: sobrevivir, protegernos, luchar. El miedo ha sido nuestra bandera…y esto nos ha hecho poner nuestra seguridad, protección, valía…en manos externas. Somos y valemos en función de lo que tenemos, nos reconocen, hacemos…ese poder lo hemos buscado fuera.

Ahora toca volver a casa. Cambiar el paradigma y comprender que lo que es afuera no es adentro (por eso hay personas que lo tienen todo y sin embargo se sienten vacías, infelices, vulnerables, incapaces, débiles), sino que lo que es adentro es afuera. Nada hay más importante que re-conectar con ese poder personal, con lo que realmente somos.

Sentir nuestro poder no pasa por “entender”  lo que realmente somos, más bien por permitir que la vida te atraviese, por abrirte a cada experiencia, dejarte sentir, que esas emociones que vibran te inunden…eso sí, sin dejarte llevar, más bien, observando y acompañando lo que sucede en tu interior.

Hasta ahora he creído que la fuerza y la fortaleza vienen de conectar con esa energía firme, fuerte, eficaz que hay en mí. Una energía que hace que te levantes cuando caes y lo hagas con impulso, que te lleva y te empuja para que continúes, que no te deja estar parada, que hace que seas eficiente, que tomes decisiones firmes. Es una energía que yo reconozco como poderosa, que me llevaba a entender que era ahí, activando y viviendo desde esa energía, donde estaba mi poder personal.

Pero cuando sólo reconoces un lado de la balanza, esta se desequilibra y la armonía se pierde. Cuando nos vamos a uno de los extremos, el otro, lo rechazamos y perdemos el equilibrio.

Esa energía (ese traje) de firmeza, eficacia, fuerza, que tanto valoro, puede tornarse en dureza, exigencia, esfuerzo puro y duro, hacia mí y como consecuencia hacia los demás, cuando no está equilibrado. Cuando la energía que hay en el otro lado de la balanza, es rechazada. Ese otro “traje” complementa, equilibra los lados que podemos creer que son opuestos, pero que no lo son.

En este caso, esa “traje” o energía sería la dulzura, la amabilidad, la suavidad. Esa energía suavecita que acoge, envuelve en amabilidad, comprensión, amor, aquello hacia lo que se dirige.

Yo rechazaba este “traje” porque creía que no tenía fuerza, que era igual a vulnerabilidad. Y sí, tienen fuerza y sí, es igual a vulnerabilidad. Resulta que vulnerables son las personas que más abiertas están a sentir, a abrirse en canal a cada emoción, a meterse en el barro de cada experiencia…y no hay nada que demuestre mayor fortaleza y valentía que esto, la apertura a sentir, sin dejarse llevar, acogiendo, observando, sosteniendo. Por eso esta energía dulce, amable, es como esa agua suavecita que erosiona la más dura de las rocas.

Ambas energías, ambos trajes, son necesarios en mi vida, forman parte de quien Soy, de mi genuinidad. No hay nada que excluir o rechazar. Estos “trajes” pueden ser funcionales en mi vida, cuando me los pongo (conecto con esa energía) no en función del qué dirán, del tengo que, de lo que “parece” apropiado para la ocasión…sino cuando comprendo que yo no sé, que sólo preguntando al silencio, que es quien conecta con el vacío, con esa sabiduría que soy (que somos), la respuesta a qué traje ponerme, no llega en forma de palabras, ni juicios ni exigencias. Llega en forma de latido, de pulsar, de intuición. No hay un porqué, simplemente surge, es.

Ahora sé que la eficacia sin amor, ternura, dulzura, te lleva a la exigencia, al juicio, el esfuerzo constante. Y ahora vivo mi firmeza con dulzura, comprendiendo que soy roca y agua al mismo tiempo, que todo es equilibrio, que nada es excluyente, que soy todo y nada al mismo tiempo.

Y cuando te enamoras de aquello que rechazas, porque comprendes que tienen su función para ti, comienzas a vivir conectada a ese Don que se te da y que viviendo a través de él, la vida se torna ligera, juguetona, fluida.

Eso que más rechazaba de mí, era aquello que más necesitaba integrar en mi vida. Y cuando lo hice (y esto es un proceso, es cuando es, no se puede controlar, ni decidir cuando llega el “clic”) cuando me enamoré de mi dulzura, de esa suavidad que también soy, me sentí en equilibrio, armonía, paz.

Recuerda, lo que es adentro es afuera. Esa integración es contigo, en primer lugar. En mi caso, esa amabilidad, esa suavidad, es hacia mí. Hablarme bonito, con cariño, sin tanto juicio, ni exigencia. Cuando esa energía de suavidad y dulzura se integra en mí, el reflejo en mi realidad es inminente. Pero el camino es en esa dirección, de dentro, hacia fuera. Nunca al revés.

¿Qué es aquello que más rechazas de ti y de los demás? Está esperando a que lo mires con amor…a que lo integres en ti.

Eso que rechazas, es lo que más necesitas amar.

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