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Fotografía de Elena Shumilova.
Es tan fácil engancharse al ritmo que nos van marcando fuera, es como una música que te invita a moverte de un lado a otro sin mucho tiempo para tomar conciencia de si es ese paso que ahora quieres dar, el que de verdad sientes que es el siguiente…intuyes que no es el compás que te permite vivir con plenitud, más consciente, pero uf, eso es para lo que tienen la suerte de tener la vida ya resuelta, esos, que según tu, están donde quieren estar, con una vida “fácil”, esos, sí pueden permitirse parar, vivir a su ritmo, sentirse…ellos y no tu, que tienes que bailar al ritmo que marca tu día a día de urgencia en el trabajo, las extraescolares de tus hijos, los horarios fuera de todo lógica del adolescente que vive contigo, tu pareja, que ni baila, que va a lo suyo…la familia…cómo vas tú a tener tiempo para parar, para vivir con serenidad, calma. 
Y menos ahora, que llega la Navidad, cenas, comidas, compras, encuentros que hay que encajar como sea en estos días…y a todo esto, comienza el año y yo sin mis objetivos de año aún planteados, bueno, pues los mismos que el año pasado, total, no los he cumplido…y así un año y otro. Cuándo se parará esto, cuando podré por fin dedicarme tiempo, cuando crecerán los niños, encontraré un trabajo con mejor horario, mi empresa saldrá a flote, mi pareja aprenderá a bailar…fuera, siempre fuera. Somos expertos en echar balones fuera, en mirar la vida hacia fuera, como si fuesen los demás quienes nos roban la libertad de vivir como nos gustaría…y claro, así vivimos en un mundo lleno de rabia, frustración, resentimiento y si, muy inmaduro. 

Somos inmaduros cuando no nos hacemos cargo de lo que es nuestra responsabilidad, mirar hacia dentro, asumir que todo lo que sucede fuera tiene un fin y un propósito para mi: verme. Me gusta decir que los demás son actores y actrices en esta gran obra de teatro que es la vida y que son tan generosos que cada día representan escenas para tí, única y exclusivamente. Para que te sientas, te veas, te observes y desde ahí, asumas dónde estás, te actualices, sigas viviendo con más consciencia y plenitud. Nadie te hace nada, nadie te enfada, te frustra, te ataca, si tú eres capaz de cambiar la mirada, si en vez de reaccionar en ese instante a esa emoción que  aparece, te permites parar a sentir, sin juicios, sin querer que se vaya, sólo acogerla porque está ahí para darte una información valiosísima a tí y sobre ti. No viene para que hagas nada al otro con ella. El otro es sólo un actor, una actriz que con sus palabras, acciones, gestos..activa en ese programa que tienes instalado desde vete tú a saber cuándo, provocando una emoción que tiene una función lógica; protegerte de un miedo. En el fondo, debajo de toda emoción que nos contrae, que nos carga, siempre hay un miedo oculto que quiere protegerse. 
“No somos responsables de las emociones de los demás, pero sí somos los únicos responsables de lo que hacemos con nuestras emociones” 
Sólo a través del sentir podemos llegar a ese miedo, verle, observarle y como consecuencia actualizarnos y crecer. 
Madurar es comenzar a cambiar la mirada, hacia dentro para sentirnos y vernos. Y es que madurar es responsabilizarnos de ese sentir y actuar en coherencia con ello. Y digo actuar en coherencia, no reaccionar y pedir al otro que cambie para que así se vaya esa emoción, ese sentir que me incomoda tanto, que no puedo sostener. 
Madurar es amarse incondicionalmente. Y no nos amamos si la mirada está fuera. Nos amamos cuando honramos lo que sentimos, cuando somos “egoistas”. Qué paradoja pensar que ponerse primero, sentirse, seguir nuestro pulsar, decir No cuando queremos decir No, dejar de hacer aquello que no queremos, que no sentimos, por el miedo a que nos dejen de querer…eso es el mayor acto de egoismo…hacia tí misma, hacia tí mismo. Y es imposible amar al otro, escucharle, empatizar con el, sin un paso previo, imprescindible: amarte tú, escucharte y empatizar primero contigo. Comprenderte, verte y aceptar tu sentir, tus necesidades, tus miedos…dejar de querer ser quien no eres…y SER. Desde ahí y sólo desde ahí, desde ese AMOR a tí, a tu SER, nace la auténtica escucha al otro, la empatía, la compasión. 
Para todo esto, no hace falta horas de entrenamiento, ni que dejes tiempo en tu agenda diariamente, para esto tan sólo tienes que querer vivir despierta, consciente, presente. No se trata de añadir más obligaciones en tu día a día, sino de observar(te), darte cuenta de cuántas veces coges el móvil para escaparte de mirar hacia dentro, o vas al frigorífico a comer aunque haga media hora que has cenado, o te evades en el mundo de google o en busca de información que te dé respuestas a ese vacío que ahora mismo estás sintiendo…En realidad cualquier momento es perfecto para observarte, sentirte, verte. Sólo tienes que cambiar tu mirada…esa que te devolverá el poder que hay en ti, que dará alas a tu grandeza. 

No es casual que la Navidad, ese renacer, esa vuelta a casa (a la casa de todos, a la conexión con tu Ser, esa el la auténtica vuelta a casa), sea al comienzo del invierno. Una estación que invita al recogimiento, al silencio, a quedarte en casita sin mucho más que hacer…es la época donde la tierra está en barbecho, descansa, se pre-para para después, dar fruto. Si la sabia Naturaleza hace esto, invita a esto, nosotros que somos parte de ella, por qué no la escuchamos, aprendemos de ella…
Te deseo una Consciente, Presente, Madura, 
                                                            Navidad.  

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