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Si hoy me preguntaran qué quiero ser en la vida, cual es mi mayor sueño, respondería sin dudarlo: quiero ser yo, 100×10 Julia. No sé si decir mi mejor versión, más bien, mi yo genuino, sin aditivos, si nada más que añadir.

Creo que no hay nada más bonito y poderoso, que dé más luz, que lo auténtico. Yo quiero ser así. Y al mismo tiempo, no hay nada tan frustrante y que genere tanta rabia, como dejar de ser tú.

Hasta no hace mucho, yo me consideraba una persona camaleónica. Me adaptaba a la persona que tenía delante, podía “cambiar de color” en función de lo que veía que era oportuno en ese momento…¿Qué ganaba? Gustar, gente a quien caía bien (a veces), una chica maja…¿qué perdía? A mí, me perdía de mí.

Buscando aprobación, gustar, sonrisas, complicidad a costa de todo, para no sentirte sola, criticada, no valorada (tantas cosas) construyes relaciones, sí, pero son un poco de mentira, no son genuinas. Son relaciones de debe y haber. De necesidad. Te doy (fíjate si te doy, que dejo de ser yo para ti) y algo tendrás que darme a cambio, no? Atención, valoración, tiempo, respuestas, cariño, compañía…A veces incluso, te adaptas al otro, incluso a veces adoptas sus gustos, los haces tuyos, antes de opinar preguntas a los demás, para ir con la mayoría, dices que sí a aquello que quieres decir no…así te aseguras de pertenecer, da gustar, ser aceptada.

Y sí, a veces da miedo sentirte sóla, diferente…qué paradoja, nos pasamos parte de nuestra vida “buscando” aquello que nos diferencia, esa “marca personal” que nos haga únicos…el problema es que buscamos fuera. Nos adornamos de cosas externas que nos hagan genuinos, cuando la autenticidad y la genuinidad no es un objetivo o un fin al que llegar. Es la consecuencia de vivir, de SER tú 100 x 100.

Pues llega un momento en el que no puedes sostener más tanta capa de necesidad, tantos envoltorios que “ponerte” según el momento, la persona con la que estás. Alguien en el momento justo te invita a gritar “Yos soy la que Soy” y tu, tú no puedes gritarlo, ni siquiera decirlo. No puedes hacerlo porque te has perdido entre tantas capas…que sólo puedes respirar hondo y llorar. Lloras porque acabas de tomar conciencia de que ya no vas a poder sostener más capas, mas mentiras. Lloras, porque sabes que a partir de ese momento tu camino pasa por ser asquerosamente sincera contigo, que hasta ahora has vivido inconsciente, pero llegó el momento, una grieta se ha abierto entre tanta capa y no vas a poder pegarla…no puedes, no quieres. Y lloras también de alegría, sabes que a partir de ahora sólo hay una opción: ir poco a poco desprendiéndote de capas que están hechas del material de las expectativas, de la necesidad y de tus miedos. ¿Quién sería yo si no tuviera miedo? Sería Y.O, Julia, en estado puro.

Llevo bastante tiempo en este menester (más bien creo que no se acaba nunca, aunque cada vez te vas desprendiendo de esas capas con más facilidad y gratitud, sin juicios que te machacan, sin dramas, sin culpa). Es curioso porque muchas capas ni siquiera me las puse yo. Tan sólo las validé, consentí (de manera inconsciente) que estuvieran ahí, porque en ese momento, me abrigaban. Ahora son capas que ya están viejas, que ya no me sirven, tan sólo pesan si me empeño en seguir con ellas, hacen que viva sin fluidez, con pesadez, sin poder moverme con ligereza, más bien me hacen vivir como una autómata, rígida.

Y estarás pensando ¿Cómo se quitan esas capas que tú también estás comenzando a sentir que llevas puestas? Pues en primer lugar, despertando. Si te has hecho esta pregunta, es que ya lo has hecho, enhorabuena. Siguiente paso: con gratitud. Este paso esencial. En vez de agradecer cada capa que hemos llevado, que nos ha servido en momentos de nuestra vida, que nos ha dado calor, que gracias a ella no nos hemos “helado” de frío, miedo, necesidad, que nos ha servido para sobrevivir en un momento concreto, en vez de eso, queremos tirarla de golpe, nos juzgamos y machacamos por haber usado esa capa, nos sentimos culpables por ello…Por eso las capas no se desprenden de nosotros, sino que se hacen más fuertes, se pegan más y más a nosotros. Sólo desde la gratitud, honrando la función que en ese momento nos hizo, sólo así podremos desprendernos de cada capa.

A partir de ahí, cada vez que vayas a hacer algo, tomar decisiones, dar pasos (no me refiero a esos importantes, decisivos…me refiero a pasos cotidianos, a las decisiones sencillas, que parecen poca cosa en nuestro día a día: como mandar un whattsap, responder a un email, decir sí o no a un café con una amiga, hablar con alguien en el ascensor, prepara una comida, firmar un acuerdo, proponer un curso, una actividad…cosas de tu cotidianidad) antes de hacerlo, para y pregúntate: ¿Qué haría la Julia auténtica en este momento, esa que cada vez tiene menos capas? ¿Para qué quieres enviar ese whatsapp, responder a ese email, ir al café con tu amiga, hacer ese curso…etc? ¿Qué esperas de esa situación? ¿Qué quieres conseguir? Y cuando aparezca la expectativa, esa necesidad de conseguir…para de nuevo. Acabas de darte cuenta de que llevabas una capa puesta, la has visto y si no la juzgas, tan sólo la observas y no actúas como lo ibas a hacer, sino que paras, acabas de desprenderte de ella. Porque lo que hacemos desde la expectativa o la necesidad, lleva como consecuencia siempre, frustración y más necesidad y de nuevo una capa más.

Recuerda: toda capa lleva una expectativa y toda expectativa busca un resultado.

Cuando nos movemos por resultados, perdemos nuestra genuinidad. Por eso los niños pequeñitos nos atraen tanto. Son genuinos, naturales, viven y actúan, disfrutan de cada momento, no buscan resultados, tan sólo Son.

Nos han enseñado a vivir buscando y alcanzando resultados, vivimos para el resultado. Estudiamos para tener un trabajo, trabajamos para alcanzar un determinado puesto, para tener dinero, reconocimiento, admiración; hacemos deporte para tener un cuerpo perfecto, viajamos para tener experiencias…tener, alcanzar, lograr, sentir que valemos, que “pintamos” algo en esta vida. Y este es un camino, sólo que por aquí siempre te acompañará la frustración, el esfuerzo siempre, porque para tener hay que estar siempre en alerta, controlando todo para que no se nos caiga el “chiringuito”… y sí, este es un camino. Eso sí, vas a ir con un motor de poca potencia, así que es probable que te sientas cansada, agotada, sin mucha motivación en tu día a día…esas son las consecuencias de seguir el camino de las expectativas. Y todos hemos seguido este camino, ha sido necesario hacerlo, para comenzar a hacernos preguntas: ¿Y si hubiese otro camino? ¿y si la vida no trata de lograr, alcanzar, tener? Y si va de otra cosa?

Cuando decides vivir abriendo los ojos a la experiencia del momento presente, dando, dándote en vez de pedir o hacer a cambio de algo, la vida se convierte en un disfrute. Das frutos, te das 100%. Y este es el mayor regalo que puedes darte y dar el otro: TU verdad

Es mundo está ávido de personas que vivan viviendo, abriéndose a cada experiencia presente del camino a través de su sentir. El mundo está ávido de personas que tengan la valentía de desprenderse de esas capas que “creíamos” no abrigaban, cobijaban, protegían y tan sólo nos hacen pequeños…y vivan con la única capa que es genuina, que no tapa, sino que muestra nuestro poder, nuestra grandeza: la del corazón.

En definitiva:

Me doy cuenta de que estoy aprendiendo a vivir y entender la vida desde otros términos. Nos enseñan a vivir por y para alcanzar Resultados, como si eso fuera lo único importante en esta vida, como si de vez en cuando tuviésemos que pasar por un control de “calidad” en función del cual se determinase (por esa gran mayoría que realmente no sabemos quien es) cuánto vales, quien eres, si eres digna de amor y admiración o no, si vives bien o mal, si eres buena en tu trabajo o no…todo se mide por un mismo rasero, el de la supervivencia y el miedo. El rasero de la necesidad. Todo aquello que se mida en función de resultados, lleva el sello de la necesidad. Y como consecuencia de la frustración y el miedo.

Cambia tanto todo cuando empiezas a vivir desde otro sitio. Cuando te das cuenta de que no hay nada que medir, comparar. De que la vida no va de resultados. No va de demostrarte nada, ni hay nada que demostrar a nadie. Que la vida va de cambiar la mirada, da tener los ojos y la conciencia cada vez más grande para mirarte dentro y tan sólo caminar. Entender que la vida es eso, camino. Y bendito camino. Un camino con piedras, a veces sin un solo árbol que te de sombra, otras veces con riachuelos que te permitirán beber agua, cuando parecía que ibas a deshidratarte,  donde encontrarás caminantes como tú y compartiréis parte del camino, que quizás os separéis un tiempo y volváis a encontraros…o nunca más vuelvas a verle…pero si has sabido VER, sólo sentirás gratitud por esa parte del camino compartida…

Qué bello es vivir así, con la ligereza del que suelta, porque siente que ya lo tiene todo, se tiene a él, a ella y la confianza en que la vida siempre te sostiene. Que cada día es un regalo, que no hay nada por lo que luchar. Que cuando vives vibrando en un estado de conciencia de tanta gratitud, confianza, alegría, no buscas resultados, no hay expectativas…y sorprendentemente la vida te regala abundancia. Esta es la gran paradoja. Buscamos fuera obtener aquello que ya tenemos, dentro, sólo tenemos que “conectarnos con ello, con ese estado” y lo demás…lo demás llega. Lo que no sabemos es en qué forma, quizás no cómo nuestra mente pequeña y limitada cree.

Abre tus ojos, tu mente, ábrete a algo mucho más grande. No lo podrás ver con tus ojos de humana, ni entender con tu mente pequeña. Es sólo visible a quien se abre a la experiencia de vivir más allá de lo que ve, siente, piensa. Es para quien decide Ver con los ojos del Corazón.

1 Comentario

  1. Maider mayo 23, 2018

    Gracias Julia!
    Me encanta .. sencilla y sinceramente…
    Sin adornos, sin edulcorantes.. desde la Mai auténtica a la Julia todo corazón….
    Gracias por compartir tu DON

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