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Madurez_Julia de Miguel

Hace tiempo que siento que hay algo en mi vida que me cuesta aceptar, que veo que está sucediendo, que es natural en la vida y aun así, me cuesta “digerirlo”.

Veo a mis hijos como crecen, ya no son bebés, van haciendo su camino, crecen…ciento que día a día la infancia, su infancia, se me escapa. Y eso hace que sienta un nudo en el estómago y mi garganta se seca y esa emoción de melancolía y cierta tristeza, invade mi cuerpo. Brotan pensamientos: “no quiero que crezcan tan deprisa”, “tengo que aprovechar más el tiempo con ellos” “igual no les estoy dedicando la atención suficiente” “debería de jugar más con ellos, compartir más cosas juntos…” Y entonces, aparece también, la culpa. A veces he pensado que sería estupendo tener otro hijo/a y así volver a tener unos años más de conexión con todo que para mí significa la infancia, ser niño/a…

¿Y qué significa para mí vivir con niños cerca?

Alegría, inocencia, amor puro, genuinidad, naturalidad, autenticidad, curiosidad, conexión, presencia, juego, fluidez…risa.

Pararme a observar esto que me sucede y que he llegado a somatizar en mi cuerpo, me ha permitido Ver que…

  1. En primer lugar, ser consciente de que hay una parte de mí que no quiere crecer, que es inmadura. Y sí, madurar me da vértigo. Porque para mí madurez significa responsabilidad, dejar de quejarme, de culpar (me), juzgar (me), mirar fuera, querer cambiar a los demás, o lo que está fuera, porque sabes que eso solo es eso, cambio, pero no transformación. Que la transformación sólo viene cuando “cambias” lo de dentro (y eso pasa por Ver y ver es comprender).  Y todo esto…uf, asusta.

 

Creo que este mundo está ávido de personas maduras, responsables. Que tengan la valentía de mirar para dentro cada vez que ocurre algo y un torrente de energía en forma de emociones atraviesa su cuerpo. Personas que dejen de preguntarse el “por qué” de lo que sucede y lo cambien por “para qué” ha sucedido esto; que dejen de ver en el otro personas tóxicas, negativas, culpables, inferiores…y que vean en ellas a alguien que está mostrándote algo, que está haciendo un papelón sólo para que tú, veas algo de ti.

El mundo está ávido de personas que antes de hacer nada, de poner atención en el discurso, los modales, los resultados, en definitiva, en la forma, pongan el foco en “desde dónde” hacen lo que hacen, dicen lo que dicen…y para qué lo hacen.

 

El mundo está ávido de personas que dejen de necesitar que los demás cambien, para ellos sentirse mejor y sencillamente sean ellos, luz, energía, para los demás.

 

El mundo está ávido de personas que dejen de pedir o “chupar” energía de los demás y den, se den, desde el disfrute que es Ser uno mismo, vivir desde ese Don que nos han prestado para que nuestra vida sea funcional, creativa, fluida, expansiva.

 

Y esto significa madurar. Responsabilizarnos, dejar de juzgar (nos), de echar balones fuera, querer cambiar lo de fuera, creyendo que así arreglamos lo de dentro. Madurar significa dejar a la víctima y convertirte en líder de tu vida.

 

Y esto (a mí, al menos) asusta. No sólo porque desaparecen los “huecos” a través de  los cuales “escaquearnos”, sino porque de alguna manera intuyes que ese camino hacia tu madurez, también te va a llevar a conectar con un poder interno, una grandeza que sí, a mí, también me asusta.

 

Aunque te puedo asegurar que asumir y caminar hacia allí, aunque sea con miedo, supone una gran conquista, un auténtico triunfo. El triunfo de tu libertad.

Sólo quien se convierte en un ser maduro, puedo vivir con libertad. Porque madurez significa vivir sin miedo y eso para mí es Libertad.

 

  1. Y en segundo lugar, he podido ver que eso que creo que voy a perder o que estoy perdiendo a medida que mis hijos crecen, no es así. Es fruto de mis pensamientos, es una percepción muy limitada y que hace que viva esta etapa maravillosa desde el miedo y la necesidad. Es como pensar es esa alegría, naturalidad, genuinidad, creatividad (todo aquello que para mí representa la infancia) dependiera de tener niños a mi lado. Y no me había parado a ver que eso que veo en ellos, está en mí. Son mis maestros, me muestran cada día esos tesoros que yo tengo y que descubro a través de ellos. Y puedo reconocerlo porque lo tengo dentro de mí. Quizás esto que me está pasando es para que conecte con esa inocencia, naturalidad, creatividad, alegría, con la risa, que está dentro de mí.

 

Volver a ser niña, sí, añadiendo la sabiduría y la conciencia que ahora soy, la madurez que voy conquistando.

Porque madurez no es opuesto a inocencia, creatividad, juego, alegría, disfrute… madurez es lo opuesto a infantilismo e irresponsabilidad.

 

No hay nada más maduro en esta vida que vivir desde nuestra genuinidad, creatividad, alegría. ¡Disfrutar ser una persona madura!

 

Desde aquí la vida se torna un juego. Cada experiencia lleva consigo un nuevo aprendizaje y una pieza más se coloca en ese puzle universal que hace que podamos vivir el cielo en la tierra. Una nota cada vez más afinada acompaña a gran orquesta que día a día cree la melodía más bella, la música del universo, de nuestro universo, de tú universo.

 

Bendita Infancia, bendita Madurez (Inocencia  + Sabiduría, Conciencia, Conexión. DISFRUTE)

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