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Hay ocasiones en las que siento que estoy perdiendo el norte. Que no es realmente Julia quien está tomando decisiones, es como que fuese una fuerza superior a mí quien vive esas situaciones. Y lo hace con rabia, a veces con miedo, otras veces llevada por la frustración o incluso por la euforia…teniendo la sensación que lo que estoy haciendo es “apagar fuegos”, tratar de solucionar las cosas poniendo parches (aunque sé que se van a despegar muy pronto y volverá la misma situación…), en definitiva, hay veces en lo que siento que no vivo la vida, sino que sobrevivo.

Y es entonces cuando en esa vorágine emocional, donde el estrés, la ansiendad, se convierten en mis compañeros de viaje, es cuando siento que algo no va bien, me siento perdida, agotada, descentrada. Y mi mente me repite una y otra vez, no puedes seguir así Julia, tienes que centrarte, parar, cuidarte. Y si, desde ese estado de  ansiedad y supervivencia en el que estoy, decido cuidarme, es hora de volver a mi centro.

Pero…¿qué significa realmente cuidarme? ¿ qué significa estar en mi centro y lo más importante, cómo hacerlo?

Cuidarme significa sentirme. Sí, cuidar tu sentir. Las emociones son energía que se manifiesta en nuestro cuerpo y están aquí para darnos una información. Es una información enormemente valiosa, te hablan a ti, de ti. Nos ayudan a darnos cuenta de cómo estamos percibiendo lo que está sucediendo. Nos alertan de que alguno de esos programas que tenemos instalados (esos que se instalaron por pura supervivencia en nosotros) se han activado y acaban de entrar en funcionamiento. A partir de este momento, la emoción te informa de que todo lo que hagas siguiendo esa emoción intensa, va a estar dirigido por ese programa de supervivencia. Programa, sea cual sea, que tienen como base cubrir una necesidad y por bandera, el miedo.

Por eso, es tan importante sentirnos. Porque cuando bajamos al cuerpo (único lugar donde se produce la emoción) y sentimos  que algo de lo que ha sucedido ha activado en mí una emoción (da igual la que sea, frustración, rabia, tristeza, euforia, desconfianza, inseguridad, miedo, pereza, vergüena, la que sea), no es momento de acción, ni de comunicación, ni siquiera es momento de comunicarme conmigo, es momento de parar, observar mi cuerpo, ver cómo se tensa mi mandíbula o mis piernas tiemblan, mis manos sudan, mi estómago se encoge…y respirar conscientemente.

 

Las emociones son como un niño pequeño que quiere decirte algo y te llama “mama, mamá, escúchame”. ¿Y qué solemos hacer o qué nos han enseñado a hacer? Hay dos alternativas: como hemos clasificado las emociones de buenas (alegría, entusiasmo, confianza, tranquilidad, paz, serenidad, amor…) o malas (ira, tristeza, miedo, envidia, celos, pena, pereza, frustración…) pues buscamos por todos los medios sentir las “buenas” y las malas, o reaccionamos a ellas (podríamos decir que nos dejamos llevar por esa rabia, frustración, por la tristeza y el desánimo, por el miedo…) o las reprimimos, controlamos, para que no salgan, porque son “malas”.  Por eso nunca las escuchamos, no escuchamos a ese niño pequeño que llama nuestra atención tan sólo porque tienen un mensaje para nosotros. Lo que hacemos es buscar la manera de quitarnos esa emoción del medio. No queremos sentir nada de eso, por eso hacemos callar al niño o le ignoramos.

Cuando, al igual que cuando en vez de gritar o ignorar a ese niño, nos paramos a verle, le vemos y le decimos “vale, te veo, sé que quieres decirme algo”, entonces, la intensidad de la emoción comienza a bajar y yo puedo ver lo que sucede con mayor claridad. Y cómo hacemos esto: respirando, para que mi mente pare, entre oxígeno a mi cuerpo y la intensidad de lo que siento vaya disminuyendo. Da igual la emoción que sea, no es momento (ahora ni nunca) de juzgar lo que siento, tan sólo es momento de parar y observar mi cuerpo. Y para esto, claro está, tengo que bajar al cuerpo.

¿Sabes cual es el mensaje que cualquier emoción te trae? El mensaje es: sólo mírame, respira, no hagas nada, observarme y para. Porque si actúas ahora, lo que sucederá es que tu acción va a llevar la carga, el intensidad emocional desde la cual estás actuando, va a ir cargada de miedo, de necesidad. Y aunque tus palabras sean las más bellas, las más comedidas, o salgan en forma de sonrisa…eso no es lo que el otro recibirá. No nos comunicamos a través de las palabras, sino que lo que llega es la energía desde la cuál has lanzado tus palabras. No es lo que dices, sino desde dónde lo dices. Lo que la emoción te dice es que si actúas desde ahí, te estás saliendo de tu centro, has pedido tu norte.

Y vivir fuera de tu centro significa vivir con miedo. Mejor dicho, significa dejar de vivir, para sobrevivir, vivir con sufrimiento. Porque cualquier emoción lleva carga. Cuando actúo movido por mi emoción, quiero que el otro cambie, la situación se torne diferente, para quitarme de encima esta frustración, rabia, tristeza, lo que sea. Culpo al otro de lo que me sucede, quiero que cambie, a ver si así esa emoción “mala” se va de mí. Y eso no es lo que ocurrirá, sino todo lo contrario, se hará más fuerte, el conflicto, está asegurado, adiós a tu tranquilidad, vuelve la ansiedad, el estrés, el malestar.

Y es que las emociones son responsabilidad tuya. Lo que sientes no tiene nada que ver con el otro, sino que lo de fuera (persona, situación…) activa uno de esos programas de supervivencia y miedo que llevamos de serie instalados los humanos y como consecuencia de ello, sientes una emoción. Eres tú quien tiene que responder a ello. Y cómo lo haces? Observando lo que ocurre en tu cuerpo, viendo tu emoción, sin tratar de controlar nada, sin reaccionar a ello, tan sólo observándola.

Esto que parece tan sencillo, es la llave para el verdadero cuidado, para vivir no desde la supervivencia y el miedo, sino con plenitud, desde tu centro. ¿Sabes dónde está tu centro? En tu corazón, es lo que muchas veces habrás escuchado, seguir el camino del corazón. Vivir desde tu centro, es vivir desde el corazón.

¿Y cómo sabes que estás en tu centro? Porque esas que tú llamas “emociones positivas” (la serenidad, el entusiasmo, la confianza, la tranquilidad) no son emociones. Las emociones siempre llevan carga, te contraen, son neuropéptidos en tu cuerpo. Esas “emociones positivas” no son emociones, son Estados. Por eso, cuando estás en tu centro, cuando actúas siguiendo el camino de tu corazón, estás en un estado de calma, tranquilidad, confianza, armonía, amor, unión con todos y con todo. 

¿Puedes reconocer ese estado? Quizás cuando estás caminando por la naturaleza, o cuando estás pintando, cocinando, cantando, bailando, corriendo….en definitiva, cuando estás presente, cuando tu foco, tu atención está en la perfección del momento presente, y tu mente se sosiega y no hay emoción, sino calma, serenidad, presencia.

¿Es posible vivir en el centro continuamente? Pues no y yo creo que ese no es el objetivo de la vida. El juego de la vida es ese baile entre vivir fuera de nuestro centro y al ser conscientes de que nos hemos ido, volver al centro. ¿Cómo? A través del indicador más fiable, del piloto que se pone en rojo para avisarte de que te has ido de tu centro: la emoción. Cuando sientas una emoción, sólo tienes que decirte, ahora, no estoy en mi centro. Si actúo desde aquí, sé que lo que venga, la decisión que tome, la acción que emprenda, llevará el sello de la necesidad y el miedo. Por ello, paro, lo más importante en este momento es observas mi emoción, respirar. En este momento te estás responsabilizando de ti, cuidando, atendiendo, priorizando, amando. Porque este es el paso, la llave, para volver a tu centro, recuperar tu estado natural de tranquilidad, armonía, paz.

Y lo que no te he contado aún es que cuando lo que hacemos, decidimos, cualquier idea, sale de aquí, de tu centro, de tu corazón, estás siento auténtico, genuino, creativo. La creatividad, la genuinidad, no es algo que tengamos que conseguir, no nos lo dá nada que esté fuera, no hay nada que hacer para ser creativo, auténtico, tan sólo se trata de Ser. Y “soy yo” cuando estoy conectada a mi centro, cuando sigo el camino del corazón.

Y este es un camino sin esfuerzo, sin nada que demostrar, sin ningún lugar al que llegar, libre de juicios (el corazón jamás juzga), de crítica, de emoción. Es un camino solitario (porque no siempre seguir el corazón supone que los otros entienda tus decisiones…a veces caminarás en soledad) y también enormemente solidario porque las decisiones tomadas desde el corazón siempre son expansivas, genuinas, bondadosas contigo y como consecuencia con los demás. El mundo está ávido de personas que aporten a la vida ideas genuinas, auténticas, creativas.

Y cuando estés en ese camino, recuerda, no tienes que llegar a ningún sitio, no hay nada que conseguir, ningún objetivo que alcanzar. El camino del corazón, vivir desde tu centro, es vivir en el ahora, es darte en cada momento, disfrutar de lo que sucede ahora, de ese salirte y volver a tu centro. Es el camino del SER. Cuando vives conectada a tu centro, al corazón, no hay nada que demostrar, que ganar, por lo cual luchar ni esforzarte, no hay miedo. Tan sólo SER.

 

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