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Acabo de llegar de unas vacaciones en la playa. Después de un fin de curso intenso, tenía muchas ganas de descansar, desconectar y pasar tiempo con los niños sin tener en la boca esa dichosa frasecita de “venga vamos que no llegamos”. Mira que pongo consciencia de parar…y a veces el ritmo te lleva, es difícil parar esa inercia. Así que después de días de tanto lío, por fin llegaban las esperadas vacaciones….Y el día de antes, mi hija se puso enferma. Y así estuvimos hasta la mitad de la semana de playa. Fiebre, malestar…Además a mí me “acribillaron” los mosquitos que campaban a sus anchas en un camping que por otra parte no era como habíamos imaginado (al menos yo). Y la playa…pues tampoco tenía rocas para que Matías buscase lapas, más bien era una playa con muchas piedras. Vamos que podían haber sido unas vacaciones moviditas y no fué así. Puedo deciros que han sido unas vacaciones conscientes, donde he puesto en práctica muchas de las cosas aprendidas durante este año intenso de aprendizaje en emociones, y es que, la inteligencia emocional no se memoriza, ni se lee, ni se aprende, se practica, se entrena y así poquito a poco, te vas convirtiendo en una personas más inteligente emocionalmente o en definitiva y lo que más cuenta, vives de manera más plena y feliz. Y esto, al menos para mí, es lo esencial. 
¿Por qué os cuento esto? porque de lo primero que me dí cuenta al llegar al camping y comenzar las vacaciones fué en que yo había puesto unas expectativas en estas vacaciones que o bien me las quitaba de encima o iban a amargarme las vacaciones. Esperaba un lugar paradisíaco, un camping similar al de otras veces, los niños contentos, fresquito por las noches, por supuesto, nada de picaduras de mosquitos (esto puede parecer algo insignificante, pero quien lo ha vivido lo sabe, se pasa realmente mal), tiempo para los 3 libros! que llevaba en la maleta…Y me dí cuenta de que la vida me estaba ofreciendo otras cosas. Podía quejarme (opción no válida. Desde hace tiempo he tomado la determinación de dejar de quejarme) y de paso “amargar” las vacaciones a mi pareja, podía evadirme (cuando no me gusta algo, a veces lo que hago es pensar en que pasará y me enfoco en lo que haré cuando vuelva a casa, en las próximas vacaciones…) o podía elegir vivir esos días con mis hijos y mi pareja de forma consciente, apreciando y descubriendo lo que en ese momento me ofrecía la vida. 
Y a esto me ayudó el trabajar una propuesta que leí en el libro “Ya eres líder” de Nuria Sáez y Julián Trullén: aprender a vivir el centro. ¿Qué significa esto? significa vivir en un estado de plenitud de recursos, de conexión con uno mismo y con el campo, en el que tienes todos los recursos a tu alcance. Un estado de expansión. Estar en el centro no significa pasar de todo, sino que te ayuda a vivir una emoción, reconocerla, aceptarla, darla un espacio y dejarla marchar sin quedar atrapado por ella. Cuando somos capaces de averiguar la intención o la información que trae esa emoción, podemos integrarla y trascenderla. No importa lo que pase fuera, lo importante es permanecer en tu centro.
Esta propuesta supone entrenamiento, mucha práctica y como diría el maestro Luis Emilio Oliver, humildad y paciencia. Darte espacio y tiempo para parar, reconocer lo que pasa, “descifrarlo” y elegir qué haces con ello. Yo sentí decepción, rabia e incluso tristeza por lo que me sucedía, pero al parar me dí cuenta de que esto era fruto de esas expectativas que yo me había creado. Cuando las dejé ir y me propuse vivir el momento, no os imagináis lo que descubrí sobre ese lugar al que antes no había visto bello y poco a poco fuí apreciando su belleza, valorando el encanto de un lugar diferente al imaginado y no por ello menos atractivo. Y sobre todo, cada vez que me iba con el pensamiento a otro sitio (más tiempo de lo normal) volvía. Mis hijos me hacían volver al momento, para jugar con ellos en la playa o la piscina o para acompañarles en un momento de rabieta, o de cansancio…Lo importante es que disfruté del ESTAR.Y es aquí donde no hay espacio para las expectativas.
Para terminar te invito a que pienses en una situación en la que te hayas salido de tu centro (con tus hijos, tu pareja, tu jefe o compañera de trabajo) ¿qué pasaba por tu cabeza? ¿Cómo actuaste? ¿te sentiste atacado, huiste? ¿cómo fué tu actitud? ¿estabas en plenitud de recursos?
Y ahora, piensa en un momento de esos en que ante una situación crítica permaneciste en tu centro.(Yo recuerdo una en la que junto con unas amigas tuvimos un accidente de coche. Momentos después, cuando todo pasó, recuerdo estar centrada, dar los pasos necesarios para ponernos a salvo, resolver la situación con objetividad…algo así como mantener la cabeza fría y estar centrada en el momento, en lo que sucedía y en cómo resolverlo ¿Te acuerdas de alguna situación en la que te sentiste así? Piensa en cómo estaba tu cuerpo, qué te decías y cómo actuaste.Cómo desde ese centro, aparecían las respuestas. ¿Qué te ayudo a permanecer centrado, qué pensabas? 
Esta reflexión puede ayudarte a seguir practicando y sobre todo, para mí lo más importante, el paso clave: cuando llegue ese momento de “crisis” (y aquí hay muchos niveles), darse cuenta de cómo estás, si lo estás viviendo desde ese centro y si es que no: primero respira, busca con el cuerpo ese estado que ya conoces de otras veces y entonces, actúa. 
¡Felices vacaciones!

2 Comentarios

  1. Julia septiembre 21, 2015

    Gracias Alvaro! el verano permite una reflexión más calmada, mirando de otra forma, más sentida y apreciativa. Un abrazo

  2. Álvaro López Herrera septiembre 21, 2015

    Me ha gustado mucho tu post, una reflexión veraniega muy buena.
    Un saludo!

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