Blog

En el artículo anterior os hablaba de la importancia de sentir nuestras emociones, de escucharlas y dejar que drenen hasta el final. Esto a veces es difícil de entender y hoy quiero ponerte un ejemplo con algo que me sucedió con mi hijo hace unos días.

A Matías le encanta el deporte, todo tipo de deportes, especialmente si hay una pelota de por medio. Una tarde de viernes, me dijo que quería bajar al parque de al lado de nuestra casa para jugar un rato al balón. Él bajó encantado y al rato Valeria, mi otro hija y yo bajamos también. Allí estaba él, jugando al futbol con un grupo de niños del barrio, emocionado, concentrado en el juego. Yo acompañaba a Valeria en los columpios y observaba a Matías jugar. Me gusta mucho observar cómo juegan, sin mediar, tan sólo mirarles. Y en un momento, uno de los niños metió un “golazo” según ellos, pero se anuló porque Matías estaba en el campo contrario (o algo así, el hecho no es relevante). Entonces uno de los niños del equipo de Matías fue hacia él y le gritó no sé que cosas, yo estaba más lejos. Matías se quedó como una estatua, intentó decir algo pero apenas se movió. Se quedó ahí, parado, asustado. 
En ese momento, si me dejo llevar por la emoción, hubiese ido donde Matía y le hubiera sacado de allí o hubiera dicho unas cuantas cosas a ese niño que había hecho sentir así a Matías…eso hubiera sido ser reactiva a mi emoción. En vez de eso me permití escuchar lo que yo estaba sintiendo. Era frustración, pena, rabia…Podía haber ido con ese sentir y esa energía hacia el niño o hacia Matías y lo que hubiera llevado conmigo es esa energía de rabia, frustración (pero el resultado desde esa energía hubiera traído carga y malestar).  Elegí escucharme, sentirme, respirar y cuando sentí que era el momento, con calma y centrada sólo en Matías, los demás ya me daban igual, me acerqué a mi hijo y le pregunté: Matías, estas bien? 
El seguía ahí, en el campo, parado, asustado, vino hacia mi, se sentó en mi pierna y comenzó a llorar. En ese momento, yo podía haberle consolado, podía haberle dicho que no pasaba nada, que ese niño había sido tal o cual, podría haberle distraído para que mirase a otro lugar desde el sentido del humor, haciéndole alguna gracia, diciéndole que en el fondo era el mejor…miles de cosas para evitar que siguiera sintiendo esa emoción incómoda, especialmente para mi, para nosotros los adultos a los que nos han enseñado a buscar soluciones cuanto antes para dejar de sentir esas emociones que etiquetamos y juzgamos como “malas, tóxicas”
Pero me quedé ahí, abrazándole, sosteniéndole. Con serenidad, sabiendo que Matías tan sólo estaba drenando esa química, que eso era lo único que podía hacer por el: brindarle esa espacio para que se sintiera sentido, acompañado en esa emoción que había surgido en el.
Fotografía de Elena Shumilova.
Cuando terminó de llorar se quedó sentado a mi lado. Yo le pregunté si quería que hablásemos de lo ocurrido, me miró y me dijo “mami ¿juegas conmigo un partido de baloncesto?”  Así Matías conquistó otra estrella de su universo, se sintió sentido, respetado, comprendido, acompañado y no hay nada que fomente más la autoestima de un niño/a que unos padres validen su sentir, validen lo que ES y SIENTE en cada momento.

1 Comentario

  1. ANGELA EGUREN ARROYO noviembre 10, 2016

    Muy bien Julia. Es complicado, admiro tu reacción, lo gestionaste genial. Con lo que duele cuando tu hijo, es el buenazo, el que no se defiende y el "abuson " de turno le hace sentir pequeño.

Deja un comentario

Your email address will not be published.